Sebastián Ginóbili, el padre de un Instituto que busca ser campeón

 Sebastián Ginóbili, el director técnico, revisa el video del partido de la noche anterior. Lo hace con una sonrisa porque el resultado fue positivo. Pone pausa y se entrega a la conversación sobre su tarea: “Habitualmente entrenamos de 9.30 a 13.00 y a partir de lo que veo en la práctica hago anotaciones cuando llego a mi casa o al hotel. Reviso qué salió bien y qué mal y con eso analizo qué puedo cambiar. También repaso partidos para corregir errores grupales e individuales. Siempre estoy pensando en cómo mejorar el equipo. La diferencia básica con el trabajo del jugador es que cuando termina un partido o un entrenamiento deja todo en la cancha. Los entrenadores nos vamos con la mochila llena de cosas para mejorar y ahí dedicamos mucho tiempo, sobre todo cuando la situación no va bien.”

Instituto disfruta de su presente en la Liga Nacional, que por la pandemia se disputa toda en la ciudad de Buenos Aires. La distancia con los afectos es un tema ineludible. “Es difícil porque no estamos acostumbrados a estar tanto tiempo encerrados, fuera de nuestras casas. Y lo que es más complicado para un entrenador es mantener al equipo enfocado. Cada jugador tiene sus temas personales que de esta manera le cuesta atender y no es sencillo ser regulares en estas condiciones,” dice Ginóbili, quien desde el 22 de noviembre es padre de su primer hijo, Mateo. “Nació y a los 3 días me fui. Estuve 20 días sin verlo, volví en el receso de las fiestas y ahora nuevamente no estoy en casa. Les ha pasado a muchos, pero ahora es más extremo por la cantidad de tiempo sin estar presente. Estoy a favor de que se pueda competir en estas circunstancias y creo que la única manera de hacerlo es esta. Hay que respetarlo y buscar lo mejor para todos, al margen de las cuestiones individuales,” dice Sebastián.

Más allá del particular desarrollo de la competencia doméstica, Instituto también se enfoca en la segunda edición de la Basketball Champions League Americas. El club cordobés integra el Grupo C, que comenzará el 3 de febrero en Río de Janeiro y en el que tendrá como rivales a dos equipos brasileños: Flamengo y Minas Tenis. “El objetivo es tratar de llegar al máximo de nuestras posibilidades, entrar en la definición. Es un torneo corto, con equipos fuertes, en el que tenés que encontrar un muy buen rendimiento y estar preparado para poder ganar. Debemos mostrar nuestra mejor versión en cada partido. Tenemos la ilusión de poder ser protagonistas,” dice Ginóbili. Y agrega: “A Flamengo ya lo enfrentamos en cuatro partidos de la temporada pasada, nos conocemos bien. La veo como una zona difícil, pareja y en la que habrá que responder cada noche. Un mal partido puede no darte posibilidades de revertir la situación.”

Ginóbili, como entrenador de Bahía Basket, fue subcampeón de la Liga Sudamericana 2016 y de la Liga de las Américas en 2017. Con Instituto llegó hasta las semifinales de la primera edición de la BCLA: “Las experiencias que viví con Bahía y con Instituto son diferentes. Antes eran cuadrangulares, con tres partidos consecutivos y podías acomodarte con otros resultados. Esta forma de competencia, con seis partidos de local y visitante, es diferente y te hace planificar de otra manera. Este sistema lo veo más justo. De cualquier modo, los antecedentes me sirven muchísimo para el armado del equipo y la forma de juego. Además, porque conozco cómo pitan los árbitros, las canchas, los entrenadores y los diferentes equipos.”

La transición de “Sepo” Jugador al “Sepo” Entrenador.

La transición del Ginóbili jugador al Ginóbili entrenador fue efímera. Se retiró en 2012, tras participar 19 años de la Liga Nacional. Y en 2013 ya era el director técnico de Bahía Basket. “La verdad es que no tomé esa decisión. Yo tenía pensado trabajar en formativas, fuera de competencia, para desarrollar a los jóvenes de mi ciudad y así transmitir mi experiencia de tantos años como jugador. Pero 8 meses después, Pepe Sánchez me ofreció ser entrenador. Entonces, me encontré con esa posibilidad en un buen lugar para mejorar y desarrollarme en esta profesión. Se aceleró el proceso más de lo que yo había pensado,” explica Sepo.

December 10 2020 during the match between Instituto vs Hispano Americano in Estadio Hector Etchart, Buenos Aires, Argentina

En los seis años que estuvo al frente de Bahía Basket, Ginóbili sabía que los resultados no eran prioritarios, ya que el objetivo principal era la formación de jugadores. Desde su llegada a Instituto, el horizonte es otro. “Son dos casos completamente diferentes. Más allá de que el juego es el mismo, que el básquetbol es uno solo, y el entrenador cuando entra quiere ganar. En Bahía, el triunfo era un objetivo paralelo al de desarrollar jóvenes y darles herramientas para poder ser competitivos. En Instituto, el éxito es primordial, es el objetivo principal. Mi primer año en el club fue de adaptación y ahora ya me considero mucho más preparado para esta situación. Uno tiene que confiar en su idea de juego, transmitirla y convencer a los jugadores. Lo que tengo claro es que trabajo con honestidad, profesionalismo y responsabilidad. Los resultados son una consecuencia de todo eso. Si se pone el hecho de ganar antes que el de preparar el equipo, las cosas no salen bien. Busco el rendimiento óptimo de cada jugador, de potenciarlos y de hacer que con eso el equipo mejore,” explica Sebastián.

En el vínculo con sus dirigidos, Ginóbili también encuentra diferencias: “En Bahía yo era más entrenador, más docente: mostraba de qué manera se juega en distintos lugares, marcaba el camino y la forma de trabajo. En Instituto soy más director técnico: me dedico más a convencer y a mover las fichas. Mi cargo es el mismo, pero son dos caminos diferentes. El trato hacia los jugadores siempre es con respeto, ya que eso de que el entrenador es el jefe no va más. Estamos en el mismo barco con distintos roles dentro del campo de juego. Más allá de las ideas de juego, un entrenador tiene que gestionar personas y necesita tener a todos activos, contentos y listos para competir. Este trabajo es mucho más abarcativo que saber de básquetbol. El convencimiento y las relaciones humanas en un torneo tan largo como el argentino o en la Champions con tantos viajes son cuestiones primordiales.”

El sello de Sepo como director técnico es una construcción que él hizo a partir de sus experiencias más ricas: “Aprendí de muchos entrenadores que tuve. Escuché, conversé, viajé y me interesé en incorporar conocimiento, sobre todo en la última etapa como jugador. Oscar Sánchez era excelente en la planificación; Julio Lamas me marcó en el orden, la organización, la forma de comunicar y el respeto; Sergio ‘Oveja’ Hernández es muy bueno con su improvisación y manera de trabajar en el banco; de Gonzalo García tomé el estilo de juego y la simpleza. También me nutrieron Flor Meléndez, Fabio Demti, Daniel ‘Zeta’ Rodríguez y tantos otros. A eso le agregué ideas propias para armar un collage. Hay algo que los une a todos: la pasión con la que viven este juego, y eso yo lo tengo.”

En 2017, Sebastián fue invitado por San Antonio Spurs a ser parte del staff de asistentes en la Liga de Verano de Las Vegas. Ese viaje le entregó más herramientas: “Me traje mucho, pero no tanto del juego en sí porque en la NBA se compite de otra manera, con reglas diferentes, con jugadores mucho más atléticos. Lo que más incorporé es lo relacionado a la planificación, la forma de comunicar y la interacción de los asistentes con el entrenador. En ese momento fuimos ocho invitados y nos dieron participación a todos. Eso yo lo traslado ahora a Instituto para incluir a todo el personal. Hace 30 años en nuestra Liga era todo mucho más vertical, ya que el director técnico decidía hasta qué se comía y a qué hora se viajaba. Hoy el entrenador está más abocado al juego y hay gente que cumple otras funciones. En la NBA eso está muy claro y es de lo que más aprendí.”

Si bien Gregg Popovich no dirigió a los Spurs en esa oportunidad, Ginóbili pudo vincularse con el entrenador principal de la franquicia. “Él iba a todos los partidos, observaba y anotaba. Me invitó una vez a cenar, con todo su cuerpo técnico. Estaban preparando la temporada y justo era el momento en el que no se sabía si Emanuel seguiría en actividad. Pop estaba un poco impaciente y me hizo un par de chistes sobre ese tema. Disfruté mucho de esa invitación y estuve con las orejas levantadas para escuchar todo lo que hablaban,” recuerda Sebastián.

La referencia de Sepo a su hermano menor es inevitable. Ser familiar del mejor jugador latinoamericano de la historia es algo que lo marcará de por vida. “Cuando Manu todavía estaba en actividad, sobre todo en los últimos años de su carrera, los comentarios eran ineludibles. Me consultaban si jugaría para mi equipo. Desde que se retiró, se aplacó bastante el hecho de que te lo mencionen en todos lados. Hoy me preguntan más para saber qué hace y si piensa volver a vincularse con el deporte, pero se va enfriando de a poco la presencia constante de su nombre. Emanuel hace su vida lejos del ruido,” dice Sebastián.

Entrar a una cancha con una camiseta que dijera Ginóbili podría haber sido una carga para Sepo por las comparaciones con Manu: “Cuando yo todavía jugaba me gritaban que me cambiara el apellido o que era adoptado. Yo nunca lo sufrí y lo tomé con una sonrisa, no me pesó. Soy un admirador y un fanático de lo que Emanuel fue como deportista”. Sebastián no cree que vuelvan a poner en la misma balanza su desempeño y el de Emanuel: “No me parece que él quiera ser entrenador en un futuro, aunque está claro que podría hacerlo muy bien. Tal vez sí dirigente, lo veo muy capaz en esa función. De todos modos, hoy disfruta mucho de andar en bicicleta y de compartir tiempo con su familia.”

Sebastián Ginóbili aprovecha cada momento para construir una carrera que crece. Ya pasó el tiempo de la siesta y también el de la conversación telefónica. Es momento de volver a enfocarse en perfeccionar a un Instituto que busca ser campeón.

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