Chris Mullin y su rival más temido: el alcohol

El mundo gigante de la NBA era demasiado para esa estrella prometedora que se refugió en el alcohol y derrapaba por las calles de Oakland hasta que Don Nelson lo rescató.

La alta competencia de los años 80 y 90 en la NBA no estaba acompañada, como casi todo el mundo deportivo, por la contención psicológica de los atletas. Un jugador joven con contrato profesional debía valerse por sí solo para comportarse como tal fuera del perímetro de la franquicia y de haber algún problema personal el tratamiento debía correr por el propio protagonista y sus herramientas adquiridas a lo largo de su vida.

Teniendo como espejo a su ídolo John Havlicek (usó la 17 en honor a él), Chris Mullin mamó el básquet desde pequeño en su Brooklyn natal y junto a sus tres hermanos eran el equipo fuerte del barrio en su infancia. Así como la pelota naranja estaba a diario en su vida, tal como fueron pasando los años el alcohol también se sumó a la vida cotidiana.

La infinidad de canchas de básquet callejero que forman el circuito del playground del Bronx y del Harlem fueron moldeando a Chris y a su exquisita mano izquierda para hacer sonar las cadenas cada vez que convertía una canasta. Sus actuaciones fueron llenando el boca en boca de todos y el básquet colegial fue recogiendo las mieles de ese chico blanco con raíces irlandesas que sumaba puntos casi de manera natural.

El Power Memorial, cuna de un tal Lew Alcindor (Kareem Abdul-Jabbar), fue donde Mullin mostró sus primeros esbozos de talento para luego trasladarse a Xaverian, donde obtendría el título estatal en 1981. Con ese resultado como espaldarazo y los focos encandilando su figura las ofertas de las universidades prestigiosas fueron cayendo una a otra (Duke, Vilanova, Notre Dame o Virginia), pero mostrando su costado de sentido de pertenencia Mullin se inclinó por la Universidad de St John’s apenas a quince minutos de su casa.

El paso de la adolescencia a la adultez lo tuvo al joven Chris con mucho básquet, siendo un jugador prodigio en el certamen universitario y estando siempre entre los mejores jugadores de la Big East. Llevó a su equipo a la Final Four de 1985 y hoy en día sigue siendo el máximo anotador histórico de la universidad con 17911 y una media de 18.2 en cuatro temporadas.

Aquellos años universitarios pusieron a Mullin en la cúspide de la fama en St John’s y en Estados Unidos ser popular puede jugar una mala pasada sin no hay un orden establecido o contención por lo su gusto por el alcohol comenzó a ser cada vez más profundo. A pesar de esto, que ya se empezaba a ver y comentar en el mundillo de la universidad, el ex Warriors fue citado para la preselección de los JJOO de 1984.

La excelsa calidad con la que jugaba Mullin fue demasiado como para quedar afuera por tomar “algunas” cervezas tras los entrenamientos. Ese equipo olímpico integrado por Michael Jordan y Patrick Ewing entre otros tuvo su preparación en Blommington, Indiana y justamente en un bar perteneciente al campus universitario donde se entrenaban, todos los integrantes firmaron la pared del lugar colocando sus nombres y números de camiseta, menos uno. Si la cerveza está fría ganaremos el oro” (If the beer is cold, we’ll win the gold), fue lo que estampó Chris en las paredes de ese bar

“Tengo una membrecía vitalicia. Puedo beber gratis, si alguna vez me arruino solo necesito el dinero suficiente para llegar a indiana”, recordó unos meses después de haber logrado el oro a modo de gracia, sin todavía reconocer que su adicción iba en aumento.

El draft de 1985 lo tenía como uno de los grandes prospectos y los Warriors apostaron por él en el puesto número siete de esa lotería, por lo que el joven y muy apegado a su ciudad, Brooklyn, se mudaba a Oakland para jugar en la NBA, a la otra punta del mapa de los Estados Unidos cruzando del este al oeste.

En un equipo en construcción, Mullin tuvo destellos de talento con 14.2 puntos por encuentro en su primera campaña, pero sufriendo mucho fuera de la cancha en su primer experiencia lejos de casa. Allí la bebida se hizo aún más asidua y las latas de cervezas se apilaban unas a otras en la casa del escolta.

En su tercer temporada dentro de la NBA, Mullin continuaba siendo importante en el equipo (promediaba 20.1 puntos por juego), pero la vida en Oakland continuaba siendo tediosa para él y además el ambiente en el vestuario no fluía como para que desde el básquetbol cambiara su perspectiva fuera de la cancha.

“Llegó un punto donde llegaba a casa por la noche y no estaba preocupado por lo que tenia que hacer al día siguiente, no me importaba y tampoco me importaba si volvería a jugar”, así definió Mullin su infierno en el alcohol de aquellos años.

Don Nelson, quien pasó de General Manager a coach, fue quien decidió atacar el problema de su jugador y le pidió que acepte su problema con un tratamiento a lo que Mullin se opuso aduciendo que no tenía ningún inconveniente con la bebida y que solo tomaba algunas cervezas tras los juegos.

Dame la mano y prométeme que no tomaras más cervezas en seis meses”, le espetó Nelson a modo de trato para no molestarlo con ese asunto y tampoco obligarlo a un tratamiento. Claramente esto no ocurrió, Don se enteró de las andanzas de Mullin apenas dos días después de ese charla y sacó a Chris del equipo por tiempo indefinido.

El coach charló con familia de Mullin para contarle de la situación y la noticia fue recibida de gran manera, dando a percibir que sabìan del problema. Al poco tiempo comenzó la estadía del zurdo en Hospital Centinela para desintoxicarse de la bebida y lo primero que tuvo que hacer fue asumir el problema. Más adelante, recuperado, el protagonista admitió que en aquel entonces “necesitaba volver a tener el control de su vida”.

Mullin superó al alcoholismo en diciembre de 1987, como lo hizo su padre en 1980 y a partir de ahí encarriló su carrera para ser el jugador que prometía ser y como lo es en la idiosincrasia de juego de Golden State, los pioneros en correr y tirar fue el equipo de 1990 con Chris Mullin, Mitch Richmond y Tim Hardaway a la cabeza. Aquellos Warriors brillaron, llegaron a semifinales del Oeste y en gran parte esa temporada le dio la chance a Mullin de ser elegido en el mejor equipo de todos los tiempos, el Dream Team de 1992.

Aceptar para crecer fue el legado que dejó Chris Mullin para quienes tienen problemas con las adicciones, sentirse enfermo para pedir ayuda y darse otra oportunidad. El zurdo oriundo de Brooklyn se la dio a él mismo y el básquet le devolvió alegrías que había perdido alguna vez.

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